Andante Melancólico
“Después del silencio, lo que más se acerca a expresar lo inexpresable es la música”
Él, para entonces, ya conocía el destino de su hija. No podía cambiarlo, lo sabia, pero podía hacer que aquel largo camino fuera más ameno, que la meta a la que se dirigía no fuera una muerte más, una lápida más que llenara la amplia colección de la dama negra. Quería mantener su espíritu. No lo tenia claro, como iba a hacerlo pero lo haría. Pasaba las noches en vela junto a la cama de su hija. No quería apartarse de ella ni un solo momento, quería enfrentarse junto su hija al destino que le esperaba, vivirlo de primera mano con ella. Todas las mañanas acostumbraba a poner una rosa blanca en un jarroncito de agua en la ventana más cercana a la cama de Lucia. Eran sus flores favoritas, toda la vida se había sentido atraída por ellas, por la fragilidad de sus pétalos y por el color blanco, el cual le transmitía paz y armonía. Lucia tenia apenas diez años, aun no había conocido mundo detrás de las montañas. Su piel era blanca, aunque rosada cuando sonreía, estornudaba o lloraba. De carácter amable e inocente. Le gustaba pasarse horas y horas columpiándose hasta que anocheciera. Decía siempre que cada vez que el vaivén llegaba a sus dos extremos tenia la sensación de tocar el cielo, acariciar las propias nubes. Por otra parte también le apasionaban los paisajes, pensaba siempre que eran como el lenguaje de la propia naturaleza, que cambiaba a su parecer. Si la tarde se pintaba de gris era de pura tristeza, si en cambio, el Sol brillaba con toda su esplendor, nos quería hacer llegar a todos su inmensa felicidad y compartirla con el último ser diminuto de su dominio. Los animales, otra cosa que siempre le habían causado gran expectación. Aquello de ver vida en otra cosa que no fuera forma humana, a su pequeña curiosidad interior, era una cosa que hasta le quitaba el sueño algunas noches. Pero si algo si que le gustaba con mucha locura desde siempre era la música. Desde bien pequeña su padre siempre le había criado con la música. Su padre era su maestro. Quería que su hija siguiera uno a uno sus pasos en la vida de la música, que sintiera hasta su última pulsación como si de un latido propio se tratara. Tal era su obsesión con su hija que sin darse cuenta la fue destrozando él mismo. No caía en la cuenta que sólo era una niña de apenas siete años, y que su corazón era débil. Tantas horas de estudio la iban haciendo cada vez más vulnerable a la vida. La locura causada por la enfermedad de su hija cada vez era mayor. Le daba rabia no poder hacer nada. Impotencia por no poder actuar y ver como poco a poco su hija se iba desvaneciendo en su esquelético y blanco cuerpo. El médico le pronosticó tres meses de vida. Tres meses, que era eso comparado con una vida entera que habría disfrutado de no ser por el egoísmo de un padre obsesionado con la música? Bajo la esperanza de que surgiera algún milagro decidió que mantendría el recuerdo de su hija en la música, la guardaría en su legado para siempre. Escribiría una sinfonía. La titularía “Canto de muerte en Lam”, empezaria con un andante melancólico, en el cual un duo entre la flauta y el chelo darian paso a una melodia triste, enigmática. Decidió empezar a escribir, pero no podia, no se encontraba inspirado. La preocupación que tenia por su hija era tan grande que ni la música era capaz de quitarle sus pensamientos de angustia. Probaria al siguiente dia empezar a ver si volvia su inspiración. Aquella noche apenas pudo dormir, un mismo sueño le repetía toda la noche. Escuchaba una melodia, la melodía de su obra, pero no podia diferenciar las notas, los instrumentos, los matices. Era como si todos sus conceptos sobre música se hubieran desvanecido de repente, en una noche. Ya de dia se puso a componer. El comienzo de la obra parecia bien, la melodía de la flauta incitaba recordar. Recordar aquellos momentos en los que la vida era feliz. Mientras que la del chelo (un contrapunto con cierto interés armónico), el cual quitaba de toda esperanza a la sugerencia de la flauta y daba fe al hecho de lo inevitable que era la muerte y lo inesperada que podía venirse. Seguidamente un ritmo interno de semicorcheas introducido por los violines empezaba a darle movimiento a la obra. El final de este movimiento acabaria con una nota diapasón suspendida en el aire culminada con un arpegio de La menor interpretado por el arpa y la celesta.
Com no, Paco el músic :)
ResponEliminam'agrada! :D
home veges! :) moltissimes gràcies :)
ResponElimina