dijous, 15 de setembre del 2011

Cadéncia Final... (III)

Lento Doloroso
“La perfección es muerte; la imperfección el arte”
 

Así se titularía el último y tercer movimiento de la sinfonia. El hecho que se venia venir desde hace tres meses había ocurrido ya. Hubo una noche en la que Felipe no oia a su hija quejarse. Fue a la mañana siguiente cuando el doctor llegó a la mansión y se dio cuenta del triste hecho. La pequeña lucia se encontraba extendida en el suelo de una esquina de la habitación bajo de la ventana. Según el estado de la habitación pudieron deducir que la niña intentó escapar por la ventana que daba al jardín del norte, su jardin. El jardín que su padre empezó a cultivar cuando se enteró de la noticia once años de la futura niña que tendrian él i su mujer Elena ,fallecida en el parto.
Todo este dolor que sentia le inspiró para realizar el último movimiento se su simfonia. Casi que la finalidad inicial iba desapareciendo. Felipe cada vez se encontraba más obsesionado con la perfección que estaba llegando a alcanzar su simfonia nº 10. Conocia la leyenda de los antiguos granes autores. Debido a su supersticiosidad creyó que la muerte de su hija estaba relacionada con al leyenda. Pero le parecía incoerente. Como podía pensar esas cosas? Cada vez la locura se tornaba en él mucho más intensa. Apenas comia, bebia y salía de su despacho. A todas horas estaba con la simfonia. Oia los pasajes orquestales en su cabeza a todas horas. Soñaba con ellos. Más bien esa obra se estaba convirtiendo, más que en un recuerdo de su hija, en una muestra de egocentrismo, afán de superioridad, que queria conseguir con esa obra.
Y así era. El tercer movimiento comenzaba con una marcha fúnebre. La marcha fúnebre más triste cualificada por algunos. Poco a poco se iban introduciendo unas harmonias tenues, pianisimas de modo que sin darte cuenta aparecen con una gran crescendo sin que te des cuenta. Todo el tema junto con las armonias llegaba a la cumbre en un calderón. Después de éste mismo se volvía a repetir la melodía de la marcha fúnebre, pero en esta ocasión, los violines, junto con las violas y el piano, realizaban un contrapunto digno de ser divinizado. Te trasladaba de la sala a las más oscuras sensaciones que jamás una persona podria imaginar. La locura del compositor se acabó de desatar en la cadencia final de la sinfonia. Una cadencia de violín de seis minutos digna de ser interpretada por un músico de la talla del gran maestro Niccolò Paganini: el violinista del diablo llamado en aquella época. Las controversias que realizaba para interpretar sus obras era perfecta. En la cadencia ni sobraba ni faltaba ninguna nota, ningún matiz piano ni forte.
Era simplemente perfecta.
Él ya nada podía hacer solo rezar para que el esfuerzo de la sinfonía diera su fruto.




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